El Castillo de Cristal


La oscuridad es un camino y la luz es un lugar; el Cielo que nunca existió ni existirá jamás, es siempre el verdadero (Dylan Thomas, poema en su cumpleaños).

Esta frase está en el libro antes de dar comienzo a la historia que relata, y es cierto que de eso va esta, de un Cielo que nunca existió pero que era verdadero. El cielo que la protagonista y sus hermanos vivieron y de la que salió la biografía que la autora, Jaenette Walls,  nos relata de una manera  admirable, minuciosa y con gran cariño y sensibilidad.

“Estaba sentada en un taxi, preguntándome si no me habría emperifollado en exceso para la velada, cuando miré por la ventanilla y vi a mamá hurgando en un contenedor de basura”. Así comienza ese Cielo que antes se describe y que no es más que la historia de “cuatro hermanos que han conseguido sobrevivir a pesar de sus padres”.

Janenette, Lori, Brian y Maureen son hermanos. Viven con unos padres excéntricos y rebeldes. Están en su infancia y por eso encuentran divertida el tipo de vida que llevan, huyendo continuamente de un lugar a otro acuciados por sus progenitores debido a múltiples causas, pero fundamentalmente a los acreedores y al alcoholismo del pater familias, así como a su complicado carácter. Rex Wallis, así se llama el pater, no por lo dicho es una persona ignorante, al contrario, es un brillante matemático, cosmólogo, ingeniero y manitas, pero todo esto no quita que su mayor logro sea el perder cuanto trabajo inicia.  La madre no le va a la zaga. Es profesora pero prefiere no ejercer porque desea dedicarse a ser una artista de la pintura y a la escritura, además le horroriza  madrugar y poner reglas a los niños. Esto hace que la familia se dedique al nomadismo, con la consiguiente alegría de los niños que con sus pocos años encuentran la situación divertida; la aventura diaria, el dormir al raso en el desierto abrigados por las mantas que consiguen de los deshechos de las fuerzas armadas, el constante viajar y ver nuevos horizontes. No hay reglas, solo la imaginación, como cuando en una Navidad, en la que por cierto el padre no cree, sin poder recibir regalo alguno por falta de dinero,  hace a sus hijos el mejor regalo posible, el planeta Venus.

Poco están en cada lugar, casi no van a la escuela. Aún así sus padres se las arreglan para que sepan leer, conozcan las matemáticas, geografía e historia. Cuando por un tiempo van a una verdadera clase, lo que les enseñan es corregido por sus progenitores según sus propias teorías. En definitiva, parece que sus vidas están condenadas al fracaso y a un negro futuro. Pero no será así.

Y no lo será porque ellos, los cuatro hermanos, según van creciendo van comprendiendo que esa manera de vivir no es la normal. Se fijan que los demás niños con los que tienen esporádicas relaciones tienen padres que cuidan de su bienestar, que les dan un techo estable, unas comidas diarias y constantes. Que les visten y calzan, en definitiva, que los protegen contra toda inclemencia. Además están viviendo en el país de las oportunidades, en unos años, los 60, en los no debería haber dificultades para que dos personas con los conocimientos de sus padres pudiesen tener trabajo digno y bien pagado. Eso sin contar con la increíble herencia de su abuela materna. La quimera en que viven se rompe y apoyándose entre ellos se plantean salir de la espiral en la que se encuentran  y realizarse en aquello que sueñan y para lo que se consideran capaces.

La novela no es más que la historia de ese desarrollo. Jeanette nos va contando con un impecable estilo sus recuerdos de niñez. Y lo hace al tiempo que evoluciona; desde su primera infancia, -es emotiva la manera de narrar su accidente al cocinar unas salchichas-, hasta el cenit de su adolescencia. Va entendiendo que no es verdad que la bohemia de sus progenitores sea la forma de vida ideal que ellos preconizan y como sus valores no son los que hacen que las personas puedan alcanzar sus  ambiciones. Que el no trabajar o hacerlo para sobrevivir no es suficiente para integrarse en la verdadera sociedad. Si sus padres no quieren trabajar ellos no tienen por que seguir esa senda, al contrario, ellos son inteligentes, voluntariosos y consecuentes. Esto les ayuda a romper el vínculo con sus padres y comenzar una vida de esfuerzo y compromiso en un New York que nada regala pero en el que con esfuerzo y dedicación pueden conseguirse metas que aparten a las personas de la pobreza y aporten beneficios al colectivo social.

Todo esto narra la novela. Pero hay que destacar algo que la hace más valiosa. Lo que cuenta de su vida lo hace con gran honradez y realismo y con gran cariño a sus progenitores. No les juzga ni les condena nunca. Ellos supieron despertar en la voluntad de sus hijos algo impagable, el espíritu de superación. El saber defenderse por si mismos, el buscar siempre la mejor salida a los problemas que diariamente se les presentaban. No podemos aconsejar un escuela juvenil como la que aquí se describe pero también debemos respetar la manera de comportarse y pensar del matrimonio Walls, que pese al bienestar que sus hijos consiguen, no buscan en su vejez el que sean su refugio y siguen prefiriendo su nómada manera de vivir a las comodidades burguesas que siguen considerando decadentes y nefastas.

De verdad que la lectura del libro nos hace repensar muchas cosas. Sobre todo nos hace ver que en ocasiones somos nosotros individualmente los que nos ponemos muros en nuestro desarrollo humano, culpando de ello a una educación mal encaminada, sin pensar que los ejemplos del camino a seguir están a nuestro alrededor y podemos cogerlos, nos cueste mucho o poco esfuerzo. Quizás en esto, el esfuerzo necesario, está la explicación a tantos fracasos.

Jeanette Walls nació el 1 de Enero de 1960. Es una periodista y escritora estadounidense. Es agregada el Barnard College. Está casada con el escritor John Taylor, con quien vive en Virginia. Ha trabajado como periodista para el New York Magazine y para el USA Today. Ha sido colaboradora de The Today Show y de PrimeTime live. Tras el éxito de su novela El Castillo de Cristal, no solo en Estados Unidos sino en más de veinte países donde se publicó, ha decidido dedicarse a tiempo completo a su trabajo como escritora. Recibió el Premio de los lectores de la revista Elle en 2005 y el American Library Association en 2006.

Tiene publicado además de esta novela, otra titulada Caballos salvajes, en la que cuenta la historia de su abuela Smith, la madre de su mamá.

 

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Posted on 14 Novembro, 2014, in Actividades do club, Club Fórum mañás, Clubes de lectura, Novela sobre a vida cotiá and tagged , , . Bookmark the permalink. 1 comentario.

  1. Acabamos la novela y en general gustó. Pero lo que son las cosas. Me explico. Es la segunda vez que la leo, ya que también se leyó en Castrillón. Allí el foco de la novela se centró en las ansias de superación de los niños, sus deseos de ser alguien aún sabiendo que tenían muy pocas probabilidades dado el ambiente en que vivían. La forma de actuar de los padres no nos gustaba, de hecho es la mayor dificultad con que se enfrentan en su andadura vital, pero no les censuramos ni enfocamos el tema en ellos. Aquí en Forum, quizás influenciados por la Rosalinda de “Los platos más picantes de la cocina tártara”, visualizamos y centramos el debate en la forma de ser y vivir de los progenitores de la escritora. Fueron interesantes discusiones y encontrados pareceres. Nos divertimos, la novela tiene pasajes que animan la sonrisa, y como antes he dicho, en general nos pareció un libro interesante y muy digno de leer.

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